Escribir es un verbo
Escribir es un verbo
Escribir. Como cualquier verbo implica una acción. Y en mi caso los pretextos han sido un obstáculo para comenzar a escribir.
Siempre estoy esperando tener el tiempo para redactar mi primera novela. Me imagino, como en las películas, una casa acogedora y pequeña con un ventanal de donde se ve un paisaje de pura naturaleza que evoca paz e inspiración, a veces me imagino una montaña, otras un lago o hasta un viñedo; despertar con un café caliente y espuma blanca, servido en una taza color crema con unos sutiles dibujos azules y con el tamaño exacto para que mi mano embone a la medida; clima perfecto, frío suficiente para poder estar vestida con una sudadera suave que sea dos tallas más grande que yo y una cobija en las piernas; pero calor suficiente para no sentir que se entumen los dedos de mis pies por dejarlos inmóviles al momento de escribir; con una computadora funcional -nunca me ha emocionado tener los mejores aparatos electrónicos, solo me importa que logren que mi impaciencia ante las cosas disfuncionales o lentas permanezca impávida-, hoja en blanco y libros alrededor.
Claramente me he imagino que de esas vacaciones y horas arduas de trabajo sale una gran novela digna de participar en los mas destacados concursos. Me imaginó ganando uno de los premios gordos y mi nombre resonando en el llamado círculo rojo. Sí, mucho ego en este sueño, pero ¿quién no se ha imaginado un poco de fama y reconocimiento en su vida?
Pero siendo realista, si sigo esperando ese tiempo de ensueño puede ser que mi vejez me alcance sin siquiera haber escrito ni el título de aquella tan esperada novela. Yo no puedo darme el lujo de suspender mi cotidianidad para buscar la inspiración en una cabaña poética porque -digámoslo simple y claro- soy godín y mis finanzas no me permiten dejar de serlo.
Además, estoy casada y dejar a tu pareja durante seis meses al poco tiempo de haber decidido vivir juntos no creo que le haría mucho bien a mi relación. Algunos podrían decirme: sigue tu sueño, si te ama te esperará y apoyará, el dinero es lo de menos, si no te arriesgas ahora nunca lo harás. Tal vez tengan razón, tal vez no, pero el punto aquí es que no lo voy a hacer.
No me voy a tomar un tiempo porque esta idea romántica de la cabaña perfecta es solo el pretexto para postergar mis ganas de escribir. No es el único. También he pensado que mejor me espero a tomar un curso de literatura creativa, o me prometo empezar cuando termine algo en lo que estoy, cualquier cosa, desde una etapa difícil laboral, hasta una dieta o un reto de ejercicio. También está el sabotaje personal de pensar que no tengo el don o la capacidad para hacerlo.
Todos estos son pretextos porque solo necesito de una computadora y un poco de espacio para hacerlo, y por espacio me refiero a un par de horas en la noche, al despertar o el fin de semana, un espacio muerto entre horas laborales o un insomnio con algo de lucidez. Lo que necesito es empezar a escribir.
Por eso decidí abrir este blog y dejar los pretextos atrás. Si alguna persona extraña llega a él y le gusta me haría sumamente feliz, pero ese no es el propósito. La intención de estas líneas y las que vengan son practicar, disfrutar y desahogarme. Practicar porque cómo voy a lograr escribir una novela que gane concursos sin practicar. Disfrutarlo pues resulta muy liberador saber que tal vez nunca nadie lea lo que escribes, que tal vez nunca nadie sepa quién es la persona bajo este seudónimo; esta nula presión por buscar la aprobación en los ojos de otros hace que realmente se disfrute la escritura. Desahogarme porque pienso escribir de todo un poco, ideas para novelas, cuentos breves, reflexiones personales o inquietudes sociales.
En fin, escribir es un verbo y como todo verbo implica una acción, así que a escribir y disfrutar del proceso.
Un abrazo,
Medusa
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